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Oración de Anticipación

El Papa Francisco vendrá a nuestro país este
mes de septiembre. Visitará la capital de la
nación antes de asistir al Sínodo Mundial sobre
la Familia en Filadelfia. Este momento
coincide con nuestro desplazamiento hacia un
período de aprendizaje y cambio de rutina en la
vida familiar. Como miembros de la Iglesia, le
damos la bienvenida al Papa entre nosotros.
Celebramos la oportunidad de saber que estará
entre nosotros durante un momento breve. Sin
embargo, oramos para que, como líder de la Iglesia, él
despierte en nuestras mentes y corazones, por un largo
tiempo, la importancia de nuestra fe en la sociedad actual.
• Oramos para que tengamos sed de tener una mayor
comprensión de nuestra fe al participar en
programas y eventos en nuestras parroquias que
aumenten nuestro conocimiento de la fe católica y
sus enseñanzas.
• Oramos para que busquemos oportunidades para
profundizar nuestra fe a través de la oración, la
asistencia a misa y la recepción de los sacramentos.
• Oramos para que la vida en familia se nutra de un
gran esfuerzo por practicar las tradiciones de fe y
de nuestra relación con Jesús.
• Oramos para que nos esforcemos para crecer en
santidad al seguir el ejemplo de Jesús y vivir como
sus discípulos.
• Oramos para que hagamos un esfuerzo por
descubrir formas de compartir, los unos con los
otros, el mensaje del Evangelio y la fe que
profesamos.

 

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El Evangelio de Hoy

Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario
Fin de Semana del 12/13 de septiembre de 2015
Santiago pregunta ¿qué puede significar nuestro amor
por Jesucristo si este no resulta en acción en beneficio de
nuestro prójimo? Él sugiere que esta fe sea demostrada
más intensamente en el cuidado por el necesitado, el que
sufre y el menos privilegiado. La corresponsabilidad
incluye proclamar las Buenas Nuevas poniendo nuestra
fe en acción en beneficio de otros. ¿En qué formas
hemos estado dispuestos a hacer sacrificios y renuncias
en el nombre de Jesucristo y beneficio de nuestro
prójimo?

 

Catequesis Litúrgica en Tres Minutos

Artículo 11: Respondemos a la Palabra
¿Alguna vez has oído a alguien quejarse de
cómo se predica en la Iglesia Católica? ¿Alguna
vez te has quejado tú? Estoy seguro de que
nadie en esta parroquia se quejaría de eso, por
supuesto, pero sospecho que han oído tales
quejas en algún lugar y en algún momento.
Es fácil quejarse, por supuesto, lo que es mucho más
difícil es tratar de cambiar la situación. La mayoría de las
personas que se quejan de cómo se predica sin duda no querrían
asumir ellos mismos la responsabilidad de predicar.
Predicar es siempre un reto. Implica encontrar conexiones
útiles entre el Mundo de Dios y las personas a quienes se dirige
el sermón. Implica descifrar cómo el mundo del Señor se aplica a
nuestra propia época y qué les puede aportar a las personas
congregadas para la Liturgia.
Por supuesto, aquellas personas que participan de la
reunión son muchas veces bastante distintas. Varían en edad,
pueden tener un año como cien. Son hombres y mujeres.
Algunos son muy cultos y otros no. Hay tanto ricos como pobres.
Algunos son política y socialmente liberales y otros
conservadores. Algunos escuchan atentamente y otros querrían
estar en cualquier otro lugar menos aquí. Tratar de transmir un
mensaje a un grupo tan heterogéneo nunca es fácil.
Puede ayudar darse cuenta que la tarea del predicador
depende también de aquellos que escuchan. Juntos debemos
descifrar qué nos pide Dios. Juntos debemos darle vida a la
palabra de Dios en nuestra época y en nuestra propia vida. Tal
vez la función principal del predicador es ser un catalizador que
induce a todos a compartir esta tarea.
Solíamos llamar “sermón” a lo que hace el predicador. En
la tradición católica, predicar en la Misa recibe el nombre de
homilía. Un sermón puede tratar sobre cualquier tema que
decida el predicador. Una homilía se supone que se basa en las
lecturas del día, la fiesta que se celebra o alguna parte de la
Liturgia en sí. Su fin es ayudarnos a acceder más profundamente
a la Liturgia y así acercarnos más al Señor quien nos habla.
Una de las principales funciones de la homilía es
ayudarnos a todos a darnos cuenta de cómo Dios está presente
en nuestro mundo y en nuestra vida. Quien da el sermón intenta
explicar lo que sucede todo el tiempo, ayudarnos a verlo más
claramente, y luego nos desafía a responder a la acción de Dios.
Ser conscientes de la forma en que Dios está presente entre
nosotros día a día nos debería hacer sentir a todos agradecidos
por la presencia y los dones de Dios. Por lo tanto la homilía nos
ayuda a prepararnos para agradecer y alabar a Dios y nos guía
por el resto de la Misa.
Sin embargo la homilía no se acaba cuando el predicador
se sienta. El valor de la homilía depende de aquellos que la oyen.
¿La escuchan atentamente? ¿Intentan recordar una idea
principal o una palabra que les llamó la atención? ¿Utilizan el
silencio luego de la homilía para descifrar cómo responderán? La
verdadera homilía comienza cuando salimos de la iglesia.

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